La muchacha despertó exaltada, se vistió rápidamente y se puso sus pantuflas. Era temprano y estaba frío. El pasillo hacia el baño parecía más largo, quizás por el silencio. Pasaron las horas.
Un poco antes del mediodía, aún con sus pantuflas, y estando en la cocina tomó un trozo de carne, lo colocó sobre una tabla y empezó a cortarlo con una cuchilla grande. Algunas gotas de sangre ensuciaron sus manos y al ver eso recordó ese sueño que había producido un despertar incómodo. Se distrajo un segundo y sin querer cortó uno de sus dedos. El dolor no fue mayor pero ¡sí que sangraba! La joven notó cómo su sangre se mezclaba con la del animal y no se diferenciaba.
En ese momento no pudo soportarlo, miro hacia adelante y se largó a llorar.
Si alguien hubiera estado con ella en ese instante posiblemente hubiera dicho que el dolor era insoportable, que el corte había sido profundísimo; pero estaba sola y no tenía a quien mentir, sino a ella misma.
Pasó la tarde, para ese entonces ella ya se había ido y vuelto a su hogar. Aún sentía la angustia, esa, la de haberse cortado el dedo. Era consciente de que sanaría, y también de que el dedo cicatrizaría; pero sin embargo tenía ese miedo, esa tristeza, esa, la de haberse cortado el dedo.
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